domingo, 8 de febrero de 2009

Se vende

«José Manuel Moreira, a sus órdenes» Con esas palabras el propietario de la finca les daba la bienvenida a los posibles compradores. La casa, era de aspecto confortable, aunque algo reducida en sus dimensiones. Por ese motivo la lista de clientes se restringía a parejas sin hijos o personas solas.
Así fue que vi desfilar todo tipo de coches con ocupantes de las más variadas procedencias. Estaban los jóvenes con aspecto de surfistas, también aquellos que venían a curiosear, y no podían faltar las parejitas de novios que estaban buscando su nido de amor. Éstas últimas eran las más interesantes.
Una tarde de domingo, llegó una pareja veinteañera. Él tenía aspecto de obrero, más adelante verán por qué lo digo; ella parecía una cajera de supermercado, es más, creo que la pollera roja que tenía era la del uniforme ¿qué jovencita sale un domingo de tarde con pollera y zapatos de vestir?
Don Moreira, luego del saludo habitual, entró delante para ir abriendo las ventanas y mostrar lo luminosa que era la casa; pero éstas parecían querer boicotearlo, cuando al primer intento se resistían, y luego al verse obligadas a ceder ante los puñetazos del propietario, se abrían como desperezándose de una larga siesta.
Entonces, la luz inundaba las habitaciones obrando el milagro de pintar las paredes de alegría. La propietaria, que siempre acompañaba silenciosamente a su marido, no podía evitar que se le escapara un suspiro cada vez que don Moreira abría la última ventana. Instintivamente, comenzaba a quitar el polvo con un pañito que siempre estaba sobre la mesada; limpiaba los bordes de las ventanas y trapeaba las puertas de los roperos, pero daba la impresión de que más que el polvo, intentaba sacudir los fantasmas que estaban allí guardados.
Los visitantes recorrían las habitaciones, intercambiaban miradas y dejaban escapar algún comentario en voz baja.
–¿Serían ustedes solos? –Preguntó de pronto don Moreira.
–No. Tenemos dos chicos –respondió la joven.
–¡Ah! Entonces esta casa les va resultar pequeña –exclamó con alegría la propietaria.
–No, –dijo el muchacho– en el patio hay espacio suficiente para agregar una habitación, y en eso no hay problema porque yo soy albañil.
–Qué bien, qué bien, –comentó don Moreira, al tiempo que miraba molesto a su mujer. Ella daba la impresión de que, de pronto, se le había apagado la chispa que un momento antes encendiera sus ojos.
Doña Guadalupe, que así se llamaba la propietaria, tenía el secreto sueño de volver a vivir en esa casa, pero su marido se negaba diciendo que estaban muy bien en la que vivían. Era cierto, pero para qué querían tres dormitorios si sus hijos ya se habían casado, y para qué tantos pisos que encerar, si vivían ellos dos solos. Pero don Moreira no entendía de esas cosas y había puesto la casa en venta, contra la voluntad de su mujer.
Antes, cuando había inquilinos, era distinto, pero la propietaria sabía que al venderla, junto con la casa se irían sus sueños de regresar al que una vez había sido su primer hogar; ese, que hace muchos años, construyeran entre los dos con gran esfuerzo, ladrillo sobre ladrillo.
Mientras doña Guadalupe reflexionaba, su marido ya casi había cerrado el trato con la joven pareja. Ellos se mostraban muy entusiasmados ante la posibilidad de mudarse a esa casa que quedaba a sólo dos cuadras de los padres de la joven.
–La madre de ella es la que nos cuida los chicos mientras trabajamos – decía el muchacho.
–Entonces está todo arreglado – insistía don Moreira.
Los jóvenes recorrían la casa, al tiempo que planeaban con alegría los posibles cambios a realizar. Don Moreira, nervioso, se acercó a su mujer y le habló algo casi al oído; supongo que le habrá dicho que no hiciera más comentarios que pudieran correr a los posibles compradores.
Luego de un rato, las parejas se despidieron no sin antes haberse puesto de acuerdo sobre los temas legales de la compra-venta.

En las siguientes semanas, una gran actividad se apoderó del lugar. Obreros que entraban y salían a toda hora, paredes que poco a poco iban creciendo hasta que un domingo se juntaron todos: era el día fijado para construir el techo (la planchada, creo que le dicen) al terminar, hicieron un gran asado para celebrar.
El aroma a carne asada que llegaba hasta mi ventana, me trajo recuerdos de cuando yo tenía una familia y casi todos los domingos mi esposo hacía un asado para compartir con hijos, hermanos, cuñados y sobrinos. Pero eso fue hace mu... chos años. Ahora la churrasquera es el invernadero en el que algunas macetas, con coloridas plantas, se protegen de las heladas y del sol muy fuerte. La casa, que en otros tiempos se inundaba de risas, charlas y discusiones políticas, con el paso de los años se fue cubriendo de silencio. Hoy ya los jóvenes tienen sus vidas propias y siempre están muy atareados; y los mayores, muchos de ellos ya partieron y otros no salen de sus casas porque han quedado prisioneros de sus dolencias. Entonces, yo me he ido acostumbrando a vivir vidas ajenas: disfruto de sus alegrías y difícilmente me entero de sus tristezas.
Mi gran compañero es el silencio, mucha gente le teme, pero yo no. Algunos hablan como máquinas: de dinero, de amor, de política, de nada; pero sólo lo hacen porque sienten miedo de quedarse callados. Yo, en cambio, he aprendido a convivir con él, a gozarlo, y sólo me permito interrumpirlo un rato, en las tardecitas, que es cuando acostumbro escuchar a Tchaikovsky.

Letras del Mundo 2006
Editorial Nuevo Ser - Argentina

3 comentarios:

  1. Hola Alicia, me ha gustado tu nuevo espacio literario, tenme al tanto de las novedades. Un abrazo, Pedro de Madrid

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  2. Acá esta tu fans número uno... la primera que te criticó sin saber lo que significaba jeje!!! besotes

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  3. Alicia; es un gusto leerte. Soy Lorena Vera.
    Un abrazo.

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